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Laredo, Texas.- En Texas, abrir la llave de agua puede parecer un gesto rutinario. Pero las proyecciones del Plan Hídrico estatal de 2022 muestran un futuro distinto: para 2070, se estima que la población alcanzará los 51.5 millones de habitantes —un crecimiento del 73 por ciento—, mientras que la disponibilidad de agua se reducirá en casi una quinta parte.
El estado proyecta un aumento demográfico del 73 por ciento para 2070, mientras que el suministro de agua previsto podría disminuir hasta un 18 por ciento.
El golpe más duro recaerá en los mantos acuíferos, estos depósitos naturales subterráneos, que proveen más de la mitad del suministro actual del vital elemento y que perderían un 32 por ciento de su capacidad. La paradoja es clara: el estado crecerá más rápido justo cuando sus reservas subterráneas se achican con mayor velocidad.
La escasez tiene su origen en factores como el clima o la sobreexplotación, pero hay otros menos conocidos que también están acabando gota a gota el agua. Cada año, Texas pierde alrededor de 572 mil acres-pie de agua debido a tuberías deterioradas, según el Texas Living Waters Project, una coalición de grupos ambientalistas. Esa cifra es suficiente agua como para satisfacer las necesidades municipales anuales totales de Austin, El Paso, Fort Worth, Laredo y Lubbock juntas.
Las fugas no solo representan desperdicio: ponen en riesgo la calidad del agua y obligan a emitir avisos de hervirla, mientras los presupuestos locales colapsan ante reparaciones que no pueden posponerse más. En muchas comunidades, la infraestructura envejecida se ha convertido en el eslabón más débil de todo el sistema hídrico, ciudades como Laredo enfrentan hoy esa costosa realidad.
De los campos a las ciudades
Otro de los factores que está agotando el agua es el riego. La agricultura lidera el consumo de agua en Texas desde hace varias décadas. En 2020, más de un tercio del riego y el ganado dependieron de los acuíferos Ogallala y Edwards-Trinity, mientras que gran parte del suministro urbano llegó de la cuenca del río Trinity.
Pero esa ecuación está cambiando. Para 2060, la demanda urbana de agua superará al riego como principal uso. El viraje refleja la transformación demográfica: un estado que alguna vez se explicó desde el campo tendrá que replantear su consumo de agua desde las ciudades.
Un déficit estructural
El plan hídrico estatal es claro: Texas necesitará 6.9 millones de acres-pie adicionales en 2070 para cubrir la demanda. De no aplicarse nuevas estrategias, alrededor de una cuarta parte de la población vivirá con menos de la mitad del suministro municipal requerido en medio de una sequía prolongada.
El déficit del líquido no es coyuntural, es estructural. Amenaza con traducirse en restricciones prolongadas, conflictos por el recurso y un impacto económico de gran escala en agricultura, industria y vida urbana.
Para enfrentar la crisis, los legisladores pusieron sobre la mesa un paquete de 20 mil millones de dólares que los votantes deberán aprobar este otoño. La mitad de dichos fondos se destinaría a infraestructura y la otra mitad a nuevas fuentes, como lo es la potabilización de aguas subterráneas salinas.
Aunque se trata de una cifra inédita, podría no significar mucho frente a los cálculos de la Junta de Desarrollo Hídrico: de acuerdo con sus estimaciones se necesitarán 80 mil millones de dólares en proyectos para 2070 (en valores de 2018) para llevar a cabo los más de 2 mil 400 proyectos de estrategias de gestión hídrica recomendados para aumentar el suministro. Lo que en el corto plazo parece un esfuerzo monumental, en perspectiva resulta apenas un abono a la deuda hídrica del estado.
Ciudades como Corpus Christi ya apuestan por la desalinización. Para 2030, se recomienda que Texas produzca 179 mil acres-pie de agua de mar desalinizada y aumentar la cifra a 192 mil para 2070, suficiente para 1.1 millones de texanos al año.
La estrategia, sin embargo, tiene un costo energético alto y genera residuos de salmuera que, mal gestionados, pueden dañar ecosistemas.
El agua como prueba de gobernanza
El futuro hídrico de Texas no se definirá únicamente por la lluvia o el clima, sino por la capacidad política de invertir a tiempo y con visión de largo plazo. El cambio demográfico, la infraestructura obsoleta y el impacto del cambio climático se combinan en un cóctel que exige respuestas coordinadas y sostenibles.
Por ejemplo, la ciudad de Laredo, está invirtiendo $11.3 millones, en 17 calles principales a lo largo de la ciudad, dijeron las autoridades. En su primera fase, el proyecto se centrará en reemplazar las líneas de agua que han sido responsables de más de 200 rupturas.
En 2070, abrir la llave en una casa texana podría depender menos de la presión del acuífero y más de la presión política. Lo que hoy parece una discusión técnica sobre tuberías y presupuestos es, en realidad, una prueba de gobernanza: si Texas podrá garantizar que el acceso al agua siga siendo un derecho básico y no un lujo reservado para quienes puedan pagarlo.









